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Once upon a time there was a girl named Rapunzel. Rapunzel lived in a tall tower in the forest. The tower had no ladder, no stairs and definitely no elevator. There was no way to get up or down.

Why did Rapunzel live in a tower? Well, it all started with a witch...

Había una vez un fabricante de sombreros que era rico. Decía un montón de mentiras. Pero era tan rico que a nadie le importaba cuando mentía.
“¡Ay, solo está bromeando!” reían todos.

Al hombre rico le encantaba ir a los bailes con otras personas ricas. Los ricos que asistían a los bailes se decían mentiras unos a otros.

“¡Mi marido le disparó a un pavo a una distancia de tres kilómetros!”, dijo una mujer rica.
“¡Mi hijo es tan inteligente que le enseña a sus maestros!”, dijo un hombre rico.
“¡Mi gata es tan lista que atrapa balones como un perro!”, dijo otra mujer rica.

El fabricante de sombreros quería unirse a la conversación, así que dijo su mentira más grande hasta ese momento:
“¡Mi hija es tan maravillosa que puede convertir paja en oro!”

Todos los ricos asintieron y sonrieron.
“Sí”, dijeron. “Qué maravilla”.

De pronto se escuchó una voz al fondo del salón.
“¡¿PUEDE CONVERTIR LA PAJA EN ORO?!”
¡Era el rey! Mientras caminaba hacia el fabricante de sombreros, todos se quedaban boquiabiertos y se inclinaban ante él.

“¿DIJISTE QUE PUEDE CONVERTIR PAJA EN ORO?”
“Eh... bueno... lo que quise decir era... eh... sí?” tartamudeó el fabricante de sombreros.

“¡TRÁEME A TU HIJA! ¡TRÁEMELA!” bramó el rey, y salió furioso del salón.
“No puede ser”, pensó el fabricante de sombreros. “¿Y ahora qué hago?”

A la mañana siguiente, el fabricante de sombreros llevó a su hija, Sofía, a una pequeña habitación en el palacio.
Sofía estaba muy confundida.
“¿Por qué estoy aquí, padre? ¿Qué está pasando?”

“Tu padre es un mentiroso”, explicó el rey. “Anoche dijo que podías convertir paja en oro. ¡Creo que es mentira! Y ODIO a los mentirosos”.

“Aquí tienes un fardo de paja”, dijo el rey. “Por favor, conviértelo en oro. Tienes tiempo hasta mañana por la mañana”.

Sofía se quedó boquiabierta.
“Ah, y una cosa más”, dijo el rey. “Si fallas, tu padre será el desayuno de mis cocodrilos. ODIO a los mentirosos…”.

Luego todos se fueron. Sofía estaba sola.
“No puede ser”, pensó. “¿Y ahora qué hago?”

Cayó la noche. Sofía estaba enojada.
“¡Qué ridículo!” se enfureció. “¡No puedo convertir paja en oro! ¡Es imposible!”

Justo entonces escuchó una risita extraña.
“¡Ji, ji, ji! ….¿Qué tienes para mí?”

Un enano saltarín apareció en una esquina de la habitación. Era muy pequeño. Tenía el cabello castaño y rizado, un sombrero negro y unos zapatos rojos y puntiagudos.

Dio algunos saltitos y se acercó a Sofía.
“¿Necesitas ayuda, querida?”, preguntó el enano saltarín.
“Necesito convertir esta paja en oro”, suspiró Sofía. “¡Es ridículo! ¡Es imposible!”.

“Ah, es posible”, dijo el enano saltarín. “Puedo hacerlo por ti…”
“¡Sí! ¡Por favor, ayúdame!” rogó Sofía.

El enano saltarín sacó de su bolsillo dos agujas de tejer, y comenzó a tejer ropa con la paja. A medida que la paja pasaba por sus agujas, se convertía en un hermoso hilo dorado.

Tejió bufandas de oro. Tejió sombreros y medias de oro. Pronto no había más paja. Había una pila de ropa dorada en el suelo.
“Y ahora, ¿qué tienes para mí?” preguntó el enano saltarín.

“¿Este collar de diamantes?” sugirió Sofía.
“Perfecto”, dijo el enano saltarín. “Necesito un collar de diamantes”.
Sofía le dio su collar al enano saltarín. Él dijo “¡Ji, ji, ji!” y se alejó saltando.

A la mañana siguiente, el rey regresó a la habitación. Abrió la puerta y no pudo creer lo que vio.
“¿Es un truco? ¿Cómo has hecho esto?” preguntó.

“¡Se lo dije!” interrumpió el padre de Sofía. “Mi hija es increíble. Su madre era igual— ”
“¡DEJA DE MENTIR!”
gritó el rey. “Sofía, ven conmigo, por favor”.

El rey condujo a Sofía hasta otra habitación. Dentro de ella había DIEZ fardos de paja. “Si lo hiciste una vez, puedes hacerlo de nuevo”, dijo el rey. “Tiene que estar hecho para mañana por la mañana... Y esta vez cerraré la puerta con llave”.

Todos se fueron. Sofía estaba sola. Y la puerta estaba cerrada con llave.
“Ay, por el amor de Dios”, dijo Sofía.

Esta vez, Sofía supo qué hacer.
Miró alrededor de la habitación. Miró hacia arriba y miró hacia abajo.
“¿Enano saltarín? ¿Enano saltarín? ¿Estás por aquí?”

Justo entonces, Sofía escuchó una risita graciosa.
“¡Ji, ji, ji! ¿Qué tienes para mí?”
El enano saltarín apareció en una esquina de la habitación.

Una vez más, sacó dos agujas de sus bolsillos y empezó a tejer la paja.
Tejió suéters de oro. Tejió guantes y calzones de oro. Pronto no hubo más paja, sino una pila de ropa dorada en el suelo.

“¿Y ahora qué tienes para mí?” preguntó el enano saltarín.
“¿Este anillo de rubí?”, sugirió Sofía.

“Perfecto”, dijo el enano saltarín. “Necesito un anillo de rubí”.
Sofía le dio su anillo. Él dijo “¡Ji, ji, ji!” y se alejó dando saltitos.

Cuando el rey abrió la puerta a la mañana siguiente, no pudo creer lo que vio.
“¿CÓMO HAS HECHO?”, gritó. “¡DÍMELO! ¡AHORA!”

Sofía se encogió de hombros. “Aprendí a tejer sola el invierno pasado…”
El rey condujo a Sofía a otra habitación del palacio. Esta habitación estaba llena de paja, desde el suelo hasta el techo.

“Aquí hay CIEN fardos de paja”, dijo el rey. “Y hay diez guardias afuera. Esta vez, nadie podrá ayudarte”.

“Espero que no estés mintiendo, querida Sofía”, dijo el rey tranquilamente. “Recuerda, TODOS los mentirosos serán entregados a mis cocodrilos”.

Todos se fueron. Sofía estaba sola. Y había diez guardias del otro lado de la puerta.

Nuevamente, Sofía supo qué hacer. Buscó al enano saltarín. Miró hacia arriba. Miró hacia abajo. Buscó debajo de la mesa. Buscó en el armario.
“¿Enano saltarín? ¿Enano saltarín?” susurró Sofía. “¿Dónde estás?”

Buscó y buscó, pero el enano saltarín no estaba. Sofía se sentó y lloró. Pronto se quedó dormida.

Cuando despertó, no podía creerlo. Toda la paja había desaparecido, y en el suelo había un GRAN montículo de ropa dorada. El enano saltarín estaba sentado sobre la ropa.

“Ay, ¡gracias!” dijo Sofía, emocionada. “Pensé que sería comida de cocodrilo. Estaba segura”.
El enano saltarín sonrió. “Y ahora, ¿qué tienes para mí?” preguntó.

“¿Este brazalete de zafiro?”, sugirió Sofía.
“No. No necesito un brazalete…”, dijo el enano saltarín.

“¿Estos pendientes de plata?” sugirió Sofía.
“No. No uso pendientes…”, dijo el enano saltarín.

Sofía se enfureció. “¡No tengo nada más para darte!”.
“Mmmm, ya sé lo que quiero”, dijo el enano saltarín. “Dentro de muchos años, dame a tu primer hijo”.

“¿QUÉ? ¡NO!” gritó Sofía.
“O le diré al rey que eres una mentirosa...” susurró el enano saltarín.
A Sofía no le quedaba otra opción. Aceptó el trato con el enano saltarín.

El rey regresó. Cuando abrió la puerta, se maravilló. Había un montón de ropa dorada, apilada desde el suelo hasta el techo.

“De verdad eres increíble”, le dijo el rey a Sofía. “Puedes irte. Pero quizás, alguna vez, puedas enseñarme a tejer”.
Sofía aceptó. Luego salió del palacio tan rápido como pudo.

Diez años después, Sofía se había convertido en una mujer inteligente y exitosa. Se había casado con un hombre amable y había tenido un hijo varón.

Una mañana, estaba jugando con su hijo en el jardín cuando escuchó esa extraña risita.
“¡Ji, ji, ji! ¿Qué tienes para mí?” El enano saltarín saltaba detrás de un arbusto.

“¡NO! ¡NO PUEDES LLEVÁRTELO!” gritó Sofía. Abrazó al bebé contra su pecho y se puso a llorar.

“Hicimos un trato, querida”, dijo el enano saltarín. “Pero te propongo otro trato: ¡adivina mi nombre! Si lo dices, puedes quedarte con tu hijo. Tienes tres días. ¿Trato hecho?”
Sofía contestó: “Trato hecho”.

Esa noche, el enano saltarín regresó, y Sofía intentó adivinar con nombres comunes.
“¿Es Esteban?”
“No”.
“¿Pablo?”
“No”.
“¿Juan?”
“No”.

La segunda noche, Sofía intentó con nombres menos comunes.
“¿Te llamas Baltazar?”
“No”.
“¿Fernando?”
“No”.
“¿Alfonso?”
“No”.

El tercer día, Sofía se desesperó. Dio un paseo por el bosque. Se estaba haciendo tarde.

“Sus pies son puntiagudos como los de un noruego...” pensó. “¿Así que tal vez su nombre sea Bjørn? Pero su nariz es roja como la de un australiano… ¿quizás su nombre sea Keith? ¡Pero su sombrero parece turco! ¿Y si se llama Mustafa?”

Sofía se adentró más y más en el bosque. Saltó unos troncos y trepó unas rocas, y luego dobló en una esquina. Se sorprendió mucho al ver una pequeña casa.

Una mujer estaba sentada en la entrada. Tejía ropa para bebés y cantaba suavemente. En su cuello tenía el collar de Sofía. En su dedo tenía el anillo de Sofía.

“¡Rumpelstiltskin! ¡Rumpelstiltskin, mi amor! ¿Puedes venir?” llamó la mujer. “¡Necesito que me ayudes a tejer!”
¿Y adivina quién apareció en la puerta? ¡El enano saltarín!

Sofía se escondió detrás de un arbusto. ¡Qué suerte! Corrió a su casa tan rápido como pudo.

Esa noche, el enano saltarín visitó a Sofía. Parecía muy contento.
“Es la hora, querida”, dijo. “Entonces, ¿cuál es mi nombre?”

“¿Es... Ruibarbo?”
“No”.
“¿Es... Remolacha?”
“No”.
“¿Es….....Rumpelstiltskin?”

El enano saltarín se puso rojo de la furia.
“¡GRRRRRRRRRRRR!”.
Chilló y gritó y golpeó con los zapatos.
“¿Cómo sabes mi nombre? ¿CÓMO SABES MI NOMBRE?”

Pero luego se detuvo y lloró. Miró a Sofía:
“Hubiéramos querido mucho a tu hijo”, susurró.
El enano saltarín se secó las lágrimas con un pañuelo amarillo y desapareció.

Después de eso, Sofía y su familia vivieron felices para siempre, justo como en los cuentos. ¿Pero qué le ocurrió a Rumpelstiltskin?

Bueno, presta atención cuando escuches a la gente diciendo mentiras. Porque siempre hay que pagar por ellas.

Seguramente Rumpelstiltskin estará ahí. Debajo de la mesa, o arriba de la alacena. Siempre está esperando para hacer un buen trato.


As you know, witches can be very jealous. They particularly hate when people steal (that people are stealing) herbs from their vegetable gardens.

But unfortunately Rapunzel's mother did not know that about witches. Many years ago when she was pregnant with Rapunzel, she sneaked into the yard of her neighbour the witch, and stole a little parsley.

The witch saw her steal the parsley. She gave Rapunzel's mother two choices:

Retold by Aletta with co-conspirators Bex and Miranda. Illustrated and animated by Aletta. Voiced by Ana (Costa Rica/USA). Translated by Luciana and Maria. Music by Luke.