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La Cenicienta

Cinderella in Spanish

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Once upon a time there was a girl named Rapunzel. Rapunzel lived in a tall tower in the forest. The tower had no ladder, no stairs and definitely no elevator. There was no way to get up or down.

Why did Rapunzel live in a tower? Well, it all started with a witch...

Hubo una vez, hace mucho tiempo, una joven muy bella llamada Cenicienta. Cenicienta tenía el cabello rojo y largo, ojos verdes y pecas por toda la nariz. Era inteligente y amable y le encantaba contar chistes.

Pero era muy desdichada. Su padre y su madre habían muerto y Cenicienta vivía con su madrastra y dos hermanastras. Aunque todas ellas vivían en una casa grande, en realidad, eran bastante pobres. El dinero casi se les había acabado.

La madrastra quería que una de sus hijas se casara con un hombre rico, así ya no serían pobres. Pero las hermanastras de Cenicienta no eran tan guapas como Cenicienta, ni tan amables como Cenicienta, ni tan divertidas como Cenicienta.

Los hombres que venían a la casa, siempre se enamoraban de Cenicienta de inmediato y nunca miraban a las hermanastras. Eso frustró a la madrastra, así que ordenó a Cenicienta que hiciera todas las tareas de la casa.

“¡Barre el vestíbulo!” le exigió la madrastra.
“¡Limpia la cocina!”  
“¡Cocina nuestra cena!”
“¡Pon en orden nuestros dormitorios!”  
“¡Trapea el cuarto de baño!”
“¡Limpia las ventanas!”
“¡Rápido! ¡Date prisa!”

La madrastra se esforzaba por hacer que Cenicienta se sintiera miserable. Las hermanastras tenían hermosos vestidos y zapatos, pero el vestido de Cenicienta estaba hecho de harapos viejos.

Las hermanastras siempre comían los alimentos más deliciosos, pero Cenicienta siempre comía las sobras. Y las hermanastras dormían en sus camas cómodas en sus dormitorios, pero Cenicienta dormía en una cama de paja en el piso de la cocina.

Los animales eran los únicos amigos de Cenicienta. Por la noche, ella se sentaba junto a la chimenea en la cocina y contaba chistes a la familia de ratones que vivían en la pared. Ella hablaba con el gato.

“Un día mejorarán las cosas”, le dijo ella al gato.  
“Miau…” respondió el gato.

Un día, mientras Cenicienta estaba en el jardín recogiendo zapallos, llegó una carta a la casa. Era una invitación al baile de verano del rey. La madrastra y las hermanastras de Cenicienta estaban muy entusiasmadas.

“¡El príncipe estará allí!”
“¡Él es muy guapo!”
“¡Él es muy rico!”
“¡Él necesita una esposa!”

Las hermanastras pasaron semanas preparándose para el baile. Compraron vestidos nuevos, zapatos nuevos y bolsos nuevos. El día del baile, Cenicienta les ayudó a ponerse sus vestidos y a arreglarse su cabello.

“¡Oh, tengo una magnífica idea!” exclamó la hermanastra menor. “¡Cenicienta, ven al baile con nosotras! ¡Será más divertido si tú estás allí!”

“Oh, pero no tienes nada que ponerte…” rio la hermanastra mayor. “No puedes conocer al príncipe llevando puesta esa ropa sucia y vieja. ¡Qué lástima! Quizá la próxima vez”.

Cenicienta intentó no llorar. Terminó de vestir a sus hermanas y, luego, bajó a la cocina. Se sentó al lado del fuego y suspiró.
“Un día mejorarán las cosas”, le dijo ella al gato.  
“Miau…” respondió el gato.

Justo entonces, hubo un destello de luz, y una anciana apareció en el rincón de la cocina.  
“¿Quién…quién es usted?” tartamudeó Cenicienta.
“Soy tu hada madrina”, dijo la anciana. “Tú eres huérfana, y todos los huérfanos tienen hadas madrinas”.

El hada madrina acarició al gato.
“Este gato me cuenta lo amable que eres. Y cómo siempre deseas que las cosas mejoren algún día. Hoy es ese día, Cenicienta. Vas a ir al baile del rey. ¡Tráeme un zapallo!”

Cenicienta corrió al jardín y cogió un gran zapallo de color naranja. El hada madrina tocó el zapallo con su varita mágica y se convirtió en una carroza de oro.

“¡Vengan acá, ratoncitos!” les dijo a los ratones de la pared. De nuevo, hizo un movimiento con su varita y los ratones se convirtieron en seis hermosos caballos para jalar de la carroza.

“¡Pero no tengo vestido!” dijo Cenicienta.
“Quédate quieta”, dijo el hada madrina. De nuevo hizo un movimiento con la varita y las prendas sucias de Cenicienta se convirtieron en un vestido plateado espectacular. Y dos bellos zapatos de cristal aparecieron en los pies de Cenicienta.

“Ahora, ¡ve al baile!” dijo el hada madrina. “¡Pero debes estar en casa a la medianoche! Cuando el reloj marque las doce, tu vestido se convertirá de nuevo en harapos y tu carroza se convertirá de nuevo en un zapallo. ¡Diviértete!”

Y con otro destello de luz, el hada madrina desapareció.
“¡Voy a ir al baile!” dijo Cenicienta.
“Miau…” dijo el gato.

En el baile del rey, el príncipe estaba muy aburrido.
Se sentía como si hubiera bailado con toda joven del reino. Todas las mujeres vestían hermosos vestidos, pero ninguna de las mujeres era interesante. Ninguna de ellas entendía sus chistes.

El príncipe había acabado de bailar con una de las hermanastras de Cenicienta cuando la sala repentinamente se quedó en silencio. Todo el mundo se volvió para mirar mientras la joven más hermosa entraba caminando por la puerta.

Ella tenía el cabello rojo y largo y ojos verdes y bondadosos. Su vestido era plateado. Sus zapatos brillaban, como si estuvieran hechos de cristal. Era Cenicienta, pero nadie la reconoció. ¡Ni siquiera su madrastra y sus hermanastras!

El príncipe se quedó boquiabierto. Él nunca había visto a una mujer tan bella como Cenicienta. Él le pidió que bailase con él. Ellos bailaron juntos toda la noche. El príncipe pensó que Cenicienta era bella, pero también amable, inteligente y divertida. Ella se reía de sus chistes y él se reía de los de ella.

Cenicienta estaba pasando momentos tan maravillosos que no se dio cuenta de que era tan tarde. El reloj empezó a dar las campanadas de medianoche. Dong… dong… dong…

“¡Oh, no! ¡Me tengo que ir!” dijo sorprendida Cenicienta y salió corriendo del salón de baile.
“¡No te vayas! ¡Ni siquiera sé tu nombre!” gritó el príncipe. Pero Cenicienta ya se había ido.

Cenicienta huyó del palacio tan rápido que perdió uno de sus zapatos de cristal en las escaleras.
Cuando ella llegó al pie de las escaleras, —¡DONG! —El reloj terminó de dar las doce campanadas de la medianoche.

El hermoso vestido de Cenicienta se convirtió de nuevo en harapos, y su carroza de oro se convirtió de nuevo en un zapallo.
“Ay”, dijo Cenicienta.

Justo en ese momento, vio al príncipe que corría hacia ella, sosteniendo el zapato de cristal que se le había caído. Ella no quería que él la viera vestida con sus sucios y viejos harapos. Se sentía avergonzada, ¡pero no había ningún sitio donde ocultarse!

“Discúlpeme, señorita”, dijo él jadeando. “¿Vio usted adónde fue esa chica hermosa? ¡Este es su zapato! ¡Debo encontrarla!”
¡El príncipe no reconoció a Cenicienta sin su hermosa ropa!

Cenicienta negó con la cabeza. El príncipe se fue corriendo para continuar su búsqueda. Cenicienta anduvo todo el camino a casa.

Pasaron tres semanas. El príncipe no podía dormir. No podía dejar de pensar en la hermosa joven del baile.  Él esperaba que ella regresara al palacio, pero ella no regresó. Esperaba que ella enviara una carta, pero no llegó ninguna carta.

Finalmente, en su desesperación, le dio el zapato de cristal a un mensajero confiable y le ordenó que visitara todas las casas del reino.  
“¡Encuentra a la chica a la que pertenece este zapato y tráemela!”

El mensajero visitó cientos de casas. En toda casa, las mujeres afirmaban que el zapato de cristal era suyo. Pero cuando se probaban el zapato, sus pies eran demasiado grandes, o demasiado anchos, o demasiado pequeños.

Finalmente, el mensajero llegó a la casa de Cenicienta. La madrastra de Cenicienta respondió a la puerta.
“¡Por supuesto! ¡Por supuesto! ¡Entre usted!”
Ella condujo al mensajero al comedor, donde esperaban las dos hermanastras.

La hermana mayor dijo: “¡Gracias a Dios! ¡Ese es mi zapato!” Pero cuando se probó el zapato, su pie era demasiado ancho.
La hermana menor dijo: “Hermana tonta… No es tu zapato, ¡es mi zapato!” Pero cuando se probó el zapato, su pie era demasiado pequeño.

La madrastra dijo: “Quítense de en medio, chicas, no es su zapato. ¡Es MI zapato!” Y se probó el zapato. Pero su pie era demasiado grande.
“¡Oh, qué tonto!” dijo la madrastra. “El zapato debe haber encogido bajo la lluvia…”

Pero el mensajero no se dejó engañar tan fácilmente. “¿Hay otras mujeres en esta casa?” preguntó él.
“Nadie sino nuestra sirvienta, y el zapato, ciertamente, no es de ella…” dijo la madrastra.

“¡Vaya a buscarla inmediatamente! Toda mujer del reino debe probarse el zapato”, insistió el mensajero.

Cuando Cenicienta llegó al comedor, llevaba puestos sus harapos habituales y su rostro estaba cubierto de mugre.
Metió su pie sucio dentro del zapato de cristal y… ¡asombroso! No era demasiado ancho. No era demasiado grande. ¡Encajaba perfectamente!

En voz baja, ella dijo: “Es mi zapato”.
“Por favor, venga conmigo”, dijo el mensajero. Y antes de que la madrastra y las hermanastras de Cenicienta los pudieran detener… el mensajero hizo que Cenicienta saliera apresuradamente por la puerta y entrara en una carroza.

Cenicienta fue llevada al palacio para reunirse con al príncipe. Ella todavía llevaba puesto su viejo y sucio vestido, y sus brazos, piernas y rostro estaban sucios. Ella miraba al suelo, porque se sentía muy avergonzada.

El príncipe tomó la mano de Cenicienta.
“Señorita, por favor, míreme”, pidió él de manera amable.
Y cuando ella levantó la cabeza y él vio sus bondadosos ojos verdes, supo que ella era la mujer de la que él se había enamorado en el baile.

Ellos estaban casados para la siguiente primavera, y pasaron el resto de sus vidas riéndose cada uno de los chistes del otro.

As you know, witches can be very jealous. They particularly hate when people steal (that people are stealing) herbs from their vegetable gardens.

But unfortunately Rapunzel's mother did not know that about witches. Many years ago when she was pregnant with Rapunzel, she sneaked into the yard of her neighbour the witch, and stole a little parsley.

The witch saw her steal the parsley. She gave Rapunzel's mother two choices:

Retold by Aletta and Miranda. Illustrated by Aletta. Translated by Maria. Voiced by Ana. Music by Luke.