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Once upon a time there was a girl named Rapunzel. Rapunzel lived in a tall tower in the forest. The tower had no ladder, no stairs and definitely no elevator. There was no way to get up or down.

Why did Rapunzel live in a tower? Well, it all started with a witch...

Había una vez un emperador que tenía una barriga redonda, cejas pobladas y un bigote muy largo, pero era muy vanidoso. Sólo pensaba en él.

“¡Soy tan maravilloso!” decía. “¡Miren mis maravillosas cejas! ¡Miren mi excelente bigote! ¡Me veo estupendo!”

Al emperador le encantaba vestirse con ropa elegante. Tenía cuatrocientas camisas elegantes, trescientos pantalones elegantes y mil pares de calcetines elegantes.

Al emperador también le encantaba decir palabras sofisticadas, como “cascarrabias”, “trastocar” y “empírico”.

(No sabía lo que significaban estas palabras, pero le gustaba decirlas de todos modos. Le gustaba parecer inteligente).
“¡Soy tan inteligente!”, decía. “¡Soy un GENIO!”

Un día, un hombre llegó al palacio. Dijo que era un sastre. Dijo que podía hacer la ropa más elegante del mundo. (Pero en verdad este hombre era deshonesto. Ganaba dinero engañando a gente rica).

El sastre le trajo al emperador diez maletas.
“Su majestuosísima e inteligentísima majestad”, dijo. “Todos saben que usted es el hombre más inteligente del mundo...

... Y he creado unas prendas de ropa increíbles. Esta ropa es solo para personas inteligentes. De hecho, los tontos ni siquiera pueden verla”.

El emperador aplaudió. “¡Increíble! Con esta ropa podré saber quién es inteligente y quién es tonto! ¡Los idiotas no volverán a molestarme! ¡Deja que me pruebe esta ropa!”

El sastre desvistió al emperador hasta que se quedó en calzoncillos. Sacó su cinta métrica de una maleta y midió sus brazos, piernas, hombros y alrededor de su barriga grande y redonda.

Luego buscó en otra maleta.
“No, esta es demasiado grande... No... esta es demasiado pequeña… ¡Ah! ¡Esta es perfecta!”

El sastre simuló sacar una camisa de su maleta.
“¿Qué le parece?”, dijo el sastre.

El emperador jadeó. ¡No podía ver nada!
“¿No es maravillosa?”, dijo el sastre. “Y recuerde…¡solo las personas inteligentes podrán verla!”

El sastre buscó en su maleta otra vez. “¡Mire estos pantalones! ¿No son hermosos? ¡Y son completamente invisibles para los idiotas! ¡Y mire esta chaqueta! ¿Ve los colores? ¡Un completo bobo no verá nada!”

“Oh, sí…¡muy...muy bonito!” tartamudeó el emperador. Pero estaba confundido. ¿Por qué no podía ver la ropa?

“¡¿Seré tonto?!” pensó. “Un tonto no sabría palabras refinadas como…¡Panegírico! ¡Crepuscular! ¡Nefelibata!”

Pero el emperador no dijo nada.
El sastre simuló vestir al emperador con una camisa, unos pantalones, una chaqueta y unos zapatos invisibles.

El emperador se paró frente al espejo. Quería ver la ropa, pero todo lo que pudo ver fue su barriga grande y redonda y sus calzoncillos.
“No sé si es mi estilo…”, dijo el emperador. “Pero déjame pedir una segunda opinión”.

El emperador llamó a tres de sus amigos más inteligentes. Cuando entraron a la habitación, les dijo:
“¡Amigos! ¿Qué opinan de esta ropa nueva? Solo las personas inteligentes pueden verla. ¡Los tontos no pueden ver nada!”.

Por supuesto, sus amigos tampoco veían nada. Pero no querían parecer tontos.

“¡Oh, sí! ¡Es una camisa estupenda!”, dijo el primer amigo.
“¡Sí! Los pantalones tienen el color perfecto”, dijo el segundo amigo.
“¡Los zapatos son geniales!”, dijo el tercer amigo.

El emperador estaba entusiasmado. “Usaré esta ropa nueva en el desfile de mañana”, pensó.

El emperador le dio al sastre muchísimo dinero. El sastre salió del palacio con diez maletas llenas de oro. Cuando estuvo a salvo en su carruaje, rio largo y tendido.
“¡Grandísimo tonto!”

Esa noche, el emperador no durmió. Se quedó despierto hasta tarde leyendo los libros más grandes y pesados de su biblioteca.

“Solo necesito algunas palabras sofisticadas más…. y después podré ver mi traje”, pensó.

A la mañana siguiente, dos sirvientes ingresaron a la habitación del emperador para vestirlo. Era el día del desfile. Por supuesto, no pudieron ver la ropa. Pero no dijeron nada. No querían parecer tontos.

Simularon vestir al emperador con unos pantalones invisibles, una camisa invisible, una chaqueta invisible y un sombrero invisible.

El emperador se miró al espejo: entrecerró los ojos, movió su cabeza a la izquierda y a la derecha. Y... esperen… ¡ahí estaba!

... Con el rabillo del ojo le pareció ver una tela ligera y brillosa. Un motivo a cuadros. Un poquito de color. ¡Podía ver la ropa!

(En realidad, no había ninguna prenda de ropa. Pero a menudo vemos lo que queremos ver).
El emperador estaba contento de haber visto la ropa nueva.
“¡Vamos al desfile!” exclamó.

Todo el pueblo asistió al desfile. Todos los inteligentes estaban ahí: Todos los científicos. Todos los escritores. Todos los profesores. Todos los niños.

El emperador saludó a la gente desde su carruaje. Pero cuando el carruaje comenzó a pasar por la calle, la gente enmudeció. La música se detuvo. Todos se quedaron mirando al emperador.

“Esta ropa debe ser increíble…” pensó el emperador.
Pero entonces, un niño pequeño gritó desde la parte trasera de la multitud:
“Mami, ¡puedo ver sus calzoncillos!”

Todos jadearon. Luego hubo algunas risitas. Y luego todos los que se encontraban en la calle empezaron a reír y a reír y a reír todavía más fuerte. Aplaudieron y gritaron:
“¡CAL-ZON-CI-LLOS! ¡CAL-ZON-CI-LLOS!”.

El emperador escuchó reír a la gente. Sabía que había sido engañado. No tenía puesta ropa especial. No tenía puesto nada, solo sus calzoncillos.

Salió del carruaje y corrió de vuelta al palacio. Escuchaba detrás de él: “¡CAL-ZON-CI-LLOS! ¡CAL-ZON-CI-LLOS!”.
Corrió a su habitación y cerró la puerta de un golpe.

Más tarde, cuando sus amigos lo encontraron, estaba acostado en la cama. Se había puesto toda su ropa de verdad: todas sus camisas elegantes, todos sus pantalones elegantes, y los mil pares de calcetines elegantes.


As you know, witches can be very jealous. They particularly hate when people steal (that people are stealing) herbs from their vegetable gardens.

But unfortunately Rapunzel's mother did not know that about witches. Many years ago when she was pregnant with Rapunzel, she sneaked into the yard of her neighbour the witch, and stole a little parsley.

The witch saw her steal the parsley. She gave Rapunzel's mother two choices:

Retold by Aletta with co-conspirators Bex and Miranda. Illustrated and animated by Aletta. Translated by Luciana and Maria. Voiced by Ana. Music by Luke.